Espacio Artístico, Político y Cultural en Valencia.
“Blanc i Negre” es un espacio periodístico donde se publican...
Panorama Cultureta en un programa de Radiodifusión sobre el...
Base de datos artistas. Comunidad Comkal
Esta sección es una base de Datos donde puedes encontrar...

Infoxicada y perdida

Suscribirse a canal de noticias Infoxicada y perdida
...ahogando en bits las penas digitales y analógicasInfoxicada Perdidahttp://www.blogger.com/profile/07609627452177129610noreply@blogger.comBlogger31125
Actualizado: hace 3 mins 31 segs

Contra las jaurías

Lun, 08/07/2019 - 11:23


La violencia es el precio que históricamente pagamos las mujeres por la libertad. Nuestras madres y abuelas solo entraban a un bar para fregar suelos de rodillas o para ejercer de putas, también de rodillas. Mi abuelo paterno era hombre de darle a la piporra y mi iaia enviaba a mi padre niño para sacarlo de la taberna e ir a cenar, no estaba bien visto que una mujer entrara. Eran los años '30, en los que las prostitutas eran "les xiques que fumen".

Guardo muchos recuerdos de infancia de rechazo y humillación por "invadir" los espacios masculinos "naturales" como recres o billares (que además pronto aprendí que eran reductos de homoerotismo y chaperismo). Cualquier niña de mi generación que no fuera una sumisa amedrentada por el rosario de su madre, por Elena Francis, o por la correa de su padre, sintió miles de rechazos en miles de espacios "masculinos". Mis amiguitos varones con los que jugaba en la calle y con los que aprendí a socializar, perdieron la inocencia como yo, a base de situaciones desagradables. La primera reacción de mis amiguitos era rechazar mi rechazo, defenderme, incluirme, pero con el tiempo se sumaban al juego y empezaban a utilizar ese rechazo, esa soberanía masculina, contra mí. El sino de cualquier "chicote" o "marimacho" (finezas con las que se calificaba a las niñas que jugábamos al fútbol), era el de vivir la pubertad en tierra de nadie. Llegabas a una edad en la que ni las chicas ni los chicos te querían.

Pero no hace falta tampoco hacer un viaje en el tiempo. En mi barrio, sin ir más lejos, aún hay tres o cuatro bares en los que solo entran hombres. No, no son maricas. Son hombres muy hombres y mucho hombres. Por lo general, alcohólicos, descuidados, chillones, cotillas, babosos y fachas. Son bares que todos conocemos, típicos nidos de víboras testosterónicas en los que no entrarías ni a mear por el tufo a callo rancio y cazalla. También en mi barrio hay algún que otro parque de estos con aparatos musculadores, buen reducto de testosterona anabolizada y desneuronada, con o sin pitbull. El gaznate y el músculo siguen siendo grandes escuelas de hombría.

Las jóvenes de hoy siguen pagando cara su libertad porque un puñado de psicópatas quieren seguir disfrazando sus problemas mentales, frustraciones y carencias de masculinidad, y ya está bien. Cada nueva agresión es un nuevo insulto a las mujeres y los hombres que queremos un mundo libre, justo e igualitario y debemos gritarlo a los cuatro vientos.



La bicicleta ha llegado para quedarse

Sáb, 08/06/2019 - 22:57
p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 11.0px Georgia; color: #2a4e79; -webkit-text-stroke: #2a4e79} p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 11.0px Georgia; color: #2a4e79; -webkit-text-stroke: #2a4e79; min-height: 12.0px} span.s1 {font-kerning: none}

A mi padre le llamaban Fili de niño, Filigrana, por lo habilidoso que era con la bicicleta. Él me enseñó a montar en bici. Lo hizo con tal pasión que en un día ya iba yo costera amunt, costera avall, como una loca con aquella BH pesadísima, dos veces mi talla. Quien ama o amó la bici conoce la emoción que provoca empezar a rodar, esa primera pedalada que te impulsa hacia delante, ese pequeño esfuerzo con recompensa inmediata que te anima a seguir. Nunca he dejado de montar en bicicleta, de utilizarla como medio de transporte, en unas épocas más que en otras, dependiendo del momento vital. 
De vuelta en València me acostumbré a ir andando o, si la distancia o la situación lo requería, en moto, pero hace unos ocho meses me picó la curiosidad y me animé a disfrutar del lujo del carril bici. Lo beneficioso que este cambio ha resultado para mi estado de ánimo no deja de sorprenderme. Por un lado, ya tengo una edad y alergia crónica al ejercicio físico, con lo cual al exceso de grasa se le suman los entumecimientos muscular, articular y óseo generalizados, e introducir un esfuerzo físico extra me ha venido de perlas —no he perdido ni un gramo pero me encuentro fuerte y ágil. Por otro lado, recuperar el placer de ir en bici, comulgar con el juguete, sentir esa extensión de tu cuerpo hecha de hierro en movimiento, revivir tu tú misma que es la infancia, me llena de alegría.
Pero el verdadero plus que desde mi punto de vista aporta la manera en que se ha dispuesto el carril bici en València es la interacción humana entre la gente que transita la ciudad. Cuando voy andando voy a mi bola, no me fijo en la gente, no interactúo con ella, no estoy pendiente de adónde va o de dónde viene; sin embargo, cuando voy en bici dejo de ser invisible, interactúo, mantengo contacto visual, presencia física, incluso conversación. ¿Existe esta comunicación cuando vas sola aferrada al volante?, ¿te sientes conciudadana, parte del espacio, de la sociedad?, ¿existes más allá de las cuatro paredes de cristal? A poco honesta que seas, la respuesta es “no”. La bicicleta es un grano en el culo para los poderes establecidos. El conveniente culto al coche no solo beneficia económicamente a la industria automovilística, a las grandes petroleras y al sistema macro económico que en ellas se sustenta, sino que además alimenta ese individualismo exacerbado tan necesario para la alienación, de la que tanto hablaron Marx y los marxistas y que tanto negaron los anti marxistas que parece que el concepto haya quedado obsoleto o vacío de contenido, pero no, absolutamente no.
La implantación del carril bici ha generado una gran controversia. Hay una serie de efectos inmediatos y objetivos —disminución del tráfico y de la contaminación tanto ambiental como acústica y mejora de la salud física y mental de los ciclistas— que sus detractores detestan y niegan vehementes, tanto, que incluso te increpan, te pitan, cruzan kamikazes por delante de ti —esto pasa mucho en la calle Colón, los vecinos de la zona están muy quemados por no poder dejar sus coches de dos toneladas aparcados en doble fila y te lo hacen saber con su actitud.

A pesar de todo, tengo la firme esperanza de que esta absurda sinrazón pasará y la evidencia del cambio climático animará a los estúpidos a aparcar sus mórbidos tanques de una vez por todas. Espero que no sea tarde._________________________________________________


_________________________________________________